Isladia, cuento viejo
Islandia Tierra de Historias El shock de frío me golpea al salir de la camioneta, los borcegos impactan las piedras, cada pisada se hace sentir, se hace escuchar. Resfriado y con mi respiración a medias, camino. Estoy ansioso con un toque de curiosidad. Hace años que deseaba venir a este lugar, las historias que me ha contado mi padre sobre esta isla entre continentes, sobre el pequeño refugio de 300.000 mil personas que se posa entre Europa y América. Las barandas están heladas, las maderas alivianan la caminata. Una sociedad amigable y pacífica, donde todo parece que todos se conocen por más desconocidos que sean, donde todo parece que lo único violento es el clima y la noche eterna. Veo en el camino la flecha que indica mi dirección, un pequeño tramo más falta para llegar. Mi padre presenció cuando esta isla volvió a ser una isla, cuando pudimos mirar una bandera que no fuera la de los de al lado. Por fin logró superar la altura de las rocas de mi alrededor, el viento choca mi pecho, mis ojos lagrimean pero en todo este desastre interno consigo levantar la cabeza, respiró hondo, destrozando mi garganta en el proceso pero ya no importa. El murió hace ya 20 años, cada historia la recuerdo como si la hubiera contado la noche anterior antes de irme a dormir. Siento su respiración cálida, su voz grande y pesada rebota en mi cráneo. Me siento debil y pequeño, intimidado, tal vez, hasta maravillado; o podría ser este deterioro físico que siento desde que llegué. Lo que sí sé es que cuando ví la bandera, galopando en el cielo, su mástil donde fue izada por primera vez hace ya tantos años,Islandia se presenta con sus agrestes paisajes, su duro clima, su completa luz u oscuridad. En ese pedazo de tela, en ese fondo azul, en esa cruz roja y blanca, en ese lugar, veo a mi padre. Su calidez opaca cualquier adversidad en los alrededores. Ahí veo al pueblo islandés con sus sopas cálidas, miradas cálidas, sonrisas cálidas, que pueden calentar hasta la peor de las tormentas. Si desapareciera nadie la recordaría, solo es una pequeña isla de una par de miles de personas en medio del atlántico.
Recuerdos sobre ruedas
Me subo a mi auto, pongo musica y me dispongo a llegar hasta la ciudad natal de mi padre. El auto se desliza por la carretera, grito al compás de la canción, ventana abierta, el frío y la soledad de la isla me acompañan. Él era originario de un poblado ballenero al norte, un lugar que siempre apreció y recordó. Su viejo salía por largos meses, por ello era su madre la que lo cuidaba. Mi padre siempre la odio, para él, ella era una figura terrorífica, que no debía de ser despertada. El hombre y la ruta, una relación amor-odio muy bonita, una unión donde la emociòn por el otro y el cansancio por el otro resaltan como en cualquier relación, como en cualquier unión. Solo hay un ganador aquí, y mientras acelero, mientras grito, mientras canto los viejos temas de cuando era joven, devorando la ruta, pienso en lo que me estará esperando del otro lado del asfalto, ahí en el horizonte. El cartel de 30 kilómetros para Selfoss es el primer rayo de sol que trae el atardecer. Los maltratos de su madre cesaban en los periodos que su viejo estaba en casa. Para mi padre era un momento hermoso, pequeños oasis llenos de sonrisas, grasa de ballena y lo más importante, historias. Mi padre amaba las historia que traía su viejo, con ellas podía escapar del infierno por un tiempo para adentrarse dentro de un viejo barco, donde las olas golpeaban violentas y el viento volaba los gorros. Una pelea entre el hombre y la bestia era presenciada, una batalla por el control del océano. Este era el pequeño mundo al que mi padre se adentraba cada noche del mes que su viejo volvía, cada una de esas noche una luz aparecía, una luz que ahuyentaba a las bestias y permitía el control de su vida. El cartel indica 10 Kilómetros para Selfoss, un abrazo entre tanta espina que aparece en mi ventanilla. Entró al primer lugar que encuentro, un hermoso y pequeño restaurant. Con mi mejor islandés pido el plato del dia, una sonrisa basta como respuesta. Mi mirada se pierde, el afuera ya la atrapo, me inmerso en las pequeñas calles y edificios dentro de esta peculiar isla. Un espectáculo que no hace otra cosa que dejarte sin palabras, un lugar como ningún otro, el lugar del nacimiento de la historia de mi padre, y ahora el lugar del nacimiento de mi historia. Mis pensamientos son interrumpidos por el humo que emana la sopa delante mio, un rojo color tomate, un aroma que llena tus pulmones y alivia tu cabeza. Su viejo sabía lo que ocurría, sabía completamente todo, pero nunca supo cómo manejarlo. Es lo único que mi padre siempre le recrimino, el hueco que una cantidad infinita de historias nunca podría llenar, el hueco de la realidad. Cada noche en la soledad de la casa su madre tomaba y tomaba, tomaba hasta no poder más y ahí seguía un poco más, así era todas las noches y como en toda las noche llegaba un punto, un punto que escuche a mi padre nombrarlo como “cuando el silencio del líquido se rompe”. Decía: “cuando escuchas el golpe a la mesa, cuando la silla cruje en descontento, ahí es cuando tiemblas, ahí es cuando las paredes son de papel y las mantas de vuelven invisibles, ahí es cuando lloras, miras las paredes buscando la forma de escapar, la forma de desmayarte, de no estar ahí. Pero sigues ahí y ella lo sabe bien; la respiración hace estremecer la casa, sientes que sus pisadas van inclinando la casa, te acercan a ella, escuchas la puerta destrozarse contra el marco, sientes que te vibra el cuerpo, ese es el momento en el que dejas de sentir y tu mente no sabe otra cosa que ponerse en blanco”. Después de terminar la sopa, veo salir por la puerta un hermoso salmon, acompañado por una igualmente hermosa persona, ella me pregunta hace cuanto llegue, todo en un hermoso español. Me río, le digo que hace un día. Ella se sienta, un aire de cercanía y paz inunda la habitación. Charlamos por horas, refrescante después luego de la aridez de la ruta y su soledad. Llegada hace 20 años, Jorgelina corrió de Argentina a comienzos de la dictadura cívico militar del 76’, Islandia fue un oasis para ella, donde los suspiros eran de alivio y los gritos de diversión. Al caer la noche, el problema se presentó con el primer bostezo, Jorgi cerró la puerta del local marcando el final de otro dia en este hermoso paìs.
Además de los cuentos, mi padre tenía otro resguardo de la realidad. La encontró por pura suerte, pero él siempre estuvo agradecido de esa suerte. Una tarde, cuando su madre estaba gritándole, en un momento de pura debilidad para él, algo extraño ocurrió, de algún lado salió una fuerza, un valor, valor para poder hacer lo que hace mucho tiempo quería hacer: correr. Así que arrancó, abrió la puerta de un movimiento y se puso a danzar las piernas, una detrás de otra, al unísono. Los pasos resonaron por callejones y esquinas del pequeño pueblo, la tranquilidad de los charcos fue arruinada por pisadas y las baldosas sueltas fueron destrozadas. Mi padre corrió y corrió, no se detuvo en la escuela, tampoco en la casa de ningún chico, tampoco donde vivía su profesora favorita, él corrió hasta dejar las casas atrás, hasta abandonar las calles del poblado y sólo ver el vacío de la ruta frente a él. En este nuevo escenario, con el viento helado golpeteando las mangas de su remera, con su boca temblando, con sus dientes pegándose entre ellos, mi viejo vislumbro un edificio, lo único remarcable era la cruz que posaba en su techo, un milagro se dijo a sí mismo. Entre dolorosos suspiros fríos, lágrimas heladas y mocos blancos se armó del último valor que le quedaba dentro para tocar la puerta, la madera podrida resonó en la nada. Entre temblores y lágrimas, con el corazón queriendo matar a el mismo, se callo al piso, el cemento lo rechazo, pero a él ya no le importaba, cerró los ojos y esperó a la muerte abrazando sus piernas, un último llanto de desesperación se escapó antes de el negro total. El olor a cafe le hizo pestañear, un escalofrio le recorrio el cuerpo, todo cayó sobre él, no podía respirar, temblaba hasta el último tendón. Una mano, suave, muy suave, cierro los ojos, lágrimas caen de mis ojos, las yemas acarician mis cachetes, entre suspiros ásperos me voy relajando, el dolor se va enterrando, el despertar parece cosa imposible, moverme parece imposible, porque ya no estoy ahí, estoy en una realidad diferente, una lagrima diferente cae, el negro nunca pareció más acogedor.
Lágrimas calientes No podía contener la sonrisa que le generaba cada sorbo de café, cada mirada a los campos rosados por los rayos del sol, cada mordisco de los huevos revueltos y cada palabra que Jorgi pronunciaba. El piso era reemplazado por sonrisas y palabras cariñosas. Ella fue muy amable, me invitó a su morada, a dormir donde ella duerme, a compartir una noche de sonrisas y corazones. Almorzando le comento de mis planes planes para mi continuacion de el viaje, le muestro el camino que pienso tomar y el final donde pienso concretar. No responde, no parece que está en su totalidad, terminamos de comer callados, el ambiente se empieza a amalgamar. Tomo mi último café de esta pequeña morada y me dispongo a la despedida. Jorgi no continua mi despedida, no habla con sus palabras, ni siquiera con los ojos, solo se estatuida en el lugar. Suspiro hacia el final del camino, mis pantalones se agitan, apretó mi mano contra ella misma, un golpe directo al estómago es sentido por todo mi cuerpo, en el momento que miro al sol esperando un salida siento el calor de nuevo cerca, sus pequeñas manos se juntan en mi cintura, respondo con uno mio. Un rato de lágrimas calientes y cachetes rojos pasa por mis ojos, continuó el camino ahora con mi mano apretada contra la suya.
El café entra en mi boca, quemando todo lo que encuentra a su paso. Cierro mis piernas de frío, temblando agarro un huevo duro, la sensación de comida es mas que suficiente para aliviar mi pesada cabeza. Él sigue sentado mirándome mientras como, suspira esbozando el una sonrisa. Tomo un largo trago de agua acompañado de un aún más largo “Ahhh”. Después de un rato de café, huevos y largos “Ahhh” el hombre se tensa en la silla, apoya la curacha un poco mas fuerte de lo debido en la mesa y con dos ojos azules centrados en mi cabeza bamboleante me pregunta qué tan seguido son los maltratos, dudo en responder, las palabras cochan en mi garganta, la pequeña burbuja cálida se va pinchando. Inclina su cabeza, la respiración golpea los pelos despeinados que sobresalen de mi cabeza, me pregunta si los maltratos son muy seguidos, asiento, pregunta si hace mucho con un hilo de voz al final, asiento, queres escapar, no asiento, mis manos tiemblan y mi panza quiere lanzar un ataque de vómito inminente, respiración entrecortada, cuello caliente, hago mi mejor esfuerzo para hacer funcionar las cuerdas vocales y le digo solitario, perdido en la violencia de el aire que respiramos, perdido en la soledad que acompaña, “No se”. El piso se vuelve mi pequeño escudo contra las preguntas, mis pies hierven, la vena en el cuello duele, es la primera vez que pienso con claridad desde que corrí. Entonces queres volver pregunta con voz mas grave, las palabras golpean todas las paredes del lugar, luego en mis paredes cerebrales, mas vomito quiere salir, yo quiero salir o no, ahora mismo no se. Mis ojos se cristalizan, lloro como un desgraciado, lágrimas nublan la sombra de mi interrogador, bendito o maldito ahora no se, solo quiero apoyar mi cabeza contra el piso por un rato más.
No hablamos, el silencio de la ruta era la unica musica. Afuera del momento, el aire se mezclo, la paz se entrelazo con el resto de la vida volviendo el vehículo en un chocolate denso, donde no se encuentra ningún tono dulce y el amargo con el ácido dejan sensaciones en la boca que son tomadas con una pura tensión para el cuerpo. Miro el horizonte, viendo el sol, el camino, una salida o hasta el propio futuro que se avecina. Ya no se nada de lo poco nada que sabía, apenas puedo salir sin nada ahora con el cemento fresco cubriendo mis pulmones va a ser una larga tarda. Después de horas de una pacifidad nerviosa la gran ciudad llena el vacío del paisaje, verla me tranquiliza un poco, lo suficiente como para por fin poner unos pies en la realidad, atreverme a poner música, soltar mis hombros y sobre todo mirarla a ella, una sonrisa se desliza del momento, suspiró internamente al ver la suya.
Con una mano me despido, la otra la arrastró por mi cara para secar lágrimas y sacar mocos. Camino, despacio, entre pasos y suspiro, mi cabeza se va aliviando, una sonrisa empieza a ser esbozada por mi boca. La brisa siento que podría tirarme en cualquier momento, ya me estoy acercando a la casa, “Entonces queres volver?”, las palabras resuenan en mi cabeza como un mantra maldito que un día deberé resolver, cierro los ojos, empujo la puerta, ahogo mis oídos cuando escucho los primeros gritos.
Los últimos rayos de sol del dia golpean mi cara, una sensacion de frio calor me atrapa, el calor del motor abajo mio, el calor de Jorgy apoyada al lado mio, el frio de los ultimos kilometros de soledad que nos rodean. La ciudad a la distancia, tapada por el sol en mi ojo, tapada por el frio, tapada por la respiracion que emana mi boca. Me apoyo sobre la cabeza de Jorgy, suspiro una ultima vez antes de seguir este tramo de vida, friamente calido, calidamente frio, puramente solitario en el pielago en el que me encuentro parado, acompañado?, tal vez, eso me toca averiguarlo, una lagrima cae en mi mano, nos miramos, ojos cochan, talvez solo niego lo que se.
Viento Marino Portaso, porraso, llantos, gritos, mi cara quemando la funda de la almohada, vidrios rotos, palabras rotas vuelan por el aire fugaz, torvellino inmanejable batido con violencia irracional, malvada o cansada, todo embadurnado en la brillosa capa del alcohol. Latidos, marcas, un par de muebles rotos, el tornado termino de girar ahora sus unicas señales de vida son los ronquidos y vibraciones que genera en la casa. Respiro entrecortado, susto pasado renace cuando el silencio reina hasta la vuelta de las vibraciones, espero que la oscuridad que mis ojos me proveen alcanze la mañana que me deparara mañana.
El viento costero rosa mi piel, erizandola, el vestido de Jorgy se eleva al compaz de la brisa, sigo una servilleta voladora, mis ojos se posan el horizonte, bello horizonte. El olor a madera se mezcla con los aromas marinos de la cocina que con los años invadieron los objetos de salon principal, la ventana entre abierta deja pasar el frio juñil haciendome estornudar sobre mi abrigo. Una barba blanca sigue mis movimientos, el estornudo hace prender el hogar en pocos minutos y un par de maderas. Los restos de espuma en el fondo de los vasos acmpañan los manteles machado debajo de platos sucios y servilletas en el piso, el humo golpea en techo, las sillas epiezan a soltarsa, mi cabeza encaja como pieza 1 con pieza 2 con su hombro. Recorro el lugar, familias, parejas y el ocasional solitario llenan mesas de copas y platos, de sorisas y decepciones, historias y emociones. Me desencajo para pagar, balanceo mis piernas entre sillas y cabezas hasta chocarme con la barba blanca, el mostrador ahora nuestra unica separacion.
Las puertas se abren, luz golpea los escalones del colegio, la bandera ondeante oscurece los primeros paso que doy. Mi mano se despide de la profesora mientras mi piernas empiezan a trotar, los callejones me acojen uno tras otro hasta llegar al final de la ciudad, al mirar la curvatura de la tierra delante mio giro la cabeza, casi instintivamente, mis ojos van reposandose, lentamente, esbozo una sonrisa al ver la pelota rodar por la calle, seguida del rodamiento de los niños tras ella, una ventana se abre, un grito seco basta para detener todo, una lagrima perdida dentro del ojos encuentra rumbo en mi mejilla, mis palmas detienen al resto de las incursadoras mientras mi cuerpo empuja violentamente hacia la ruta. Mi cabeza duele, sensaciones se repiten, un grito desde mi interior ordena el orden, pestaneo lentamente, golpeo la puerta, aguanto el vomito, levanto la cabeza, la puerta se abre, las manos blancas reciben amorosamente, el portaso detras mio marca el inicio del fin de mi sufrimiento. El cafe quema mi mano no acostumbrada al calor, nuestros ojos pelean una batalla silenciosa, mi boca arde por los chorros que le voy echando, largo un poco del aire apretado en mi cabeza, fijo mi vista en el arco que separa dos cuartos, intento encontrar una burbuja en los aujeros blancos donde se corta el gris pared de iglesia desangelizada, una burbuja para evitar mi quiebre o mi salvacion, lo que venga primero. Lagrimas corren por las quebraduras de la piedra, mi boca no para de vomitar mi vida mientras los ojos me miran atentamente, su mano blanca sobre mi pierna desnuda, su boca no pronuncio una palabra desde que puse pie, no hacia falta mi faringe ya estaba mas que predispuesta al habla,.
Suspiros de Paz
Mientras saco mi billetera giro mi cabeza, entre la madera y el crista el sol se oculta en la lejania, cuando saco el ultimo billete escucho su propocicion, lo miro a los ojos, el blanco resalta el azul intenso, respondo con mis dudas, constesta con respuestas, pienso su respuesta, contra argumento, contra argumenta mi contra argumento con un ultimatum, pienso, miro el techo, un color ocre me guia por sus vigas, sigo el camino zigzageante, me deposita en otro color ocre, este viene acompañado de unos ojos mermelada de fambruesa y una sonrisa que me mira, reojo mis zapatos, y en un movimiento elevo mi cabeza y respondo un si. Asi fue como terminados durmiendo en unas pequeñas cabañas a las afueras de Reykjavík, con, por primera vez, un plan para el proximo futuro. (Escribir situacion acostarse PP y Jorgy) Mis ojos rebotan con el abrupto sonido de la campana golpeando en la puerta, entre pestaneos, luces segadoras y movimientos rapidos de sabanas reclino la puerta hacia mi pecho movimiendola unos centimetros de su posicion orignal:La barba blanca centra sus critalizados ojos violetas en mi pelo despeinado, lentamente desendiendo a los centimetros de pecho desnudo visible, respondo la mirada pero la barba inunda todo paisaje en su alrededor, se podria armar un parque infantil en esos rulos infinitos que giran y giran hacia su interior: Intercambio de palabras corto, chorros de agua, medias y un par de cierres despues ya estamos en un auto cortando toda intencion de circularidad que podria marcarsele de mi ruta original de viaje: Ahora vamos directo, sin cortes, interrupciones o mas palabrerios al centro del tema, adentrandonos en esta isla de sorpresas, solo espero que alguna se quede para la proxima.
Las manos asperas, grandes y grasosas posedoras de la fuerza para elevar botella cuanto sea necesaria fue transformada, cambiada, atravezada por un crital para tomar la forma de blancura, frio, añejeado queso dejado fuera de la heladera por un mes pero que por mas desagradable que sea para ti, el hambriento, el solitario bamvolente niño ,danzador de los vientos,llevador de tu historia, es una salvacion para tu ser y mientras mas comes sabes que siempre puedes enfermarte pero peor seria la muerte por la falta de comida. Hablamos, esta vez mis pensamientos tienen un orden, siento en mi interior una tranquilidad, las paredes arruinadas por el tiempo, las cruzes que parecen aparecer de la nada en cada esquina, un aire a pan aguado y añejado inunda cuartos vacios, instrumentos con sabanas blanca, bancos podridos, pisos humedos. Frente mio un hombre blanco con atuendo negro, viejo, arrugado, golpeado por el tiempo pasado, casado , con mirada oscura, perdida, sin mucha esperanza. Aire de tiempos mejores golpean las campanas en la puerta, parpardeo mirando el reloj, “Tarde, tarde” golpea mis pensamientos, destrozo la puerta con el marco y me dispongo a la corrida, mis rodillas se anteponen a mis pies en las curvas y contra curvas de la ruta hacia el poblado, los falores reciben mis primeros pazos.
El sol impacta el vidrio delantero, algunos rayos se escapan y llegan a nuestras manos agarradas en el asiento trasero. Silencio, una arida explanada se presenta ante nosotros, insignificantes andamos por el caminos, en la lejania, entre matorrales se vislumbra agua. Con Jorgy nos encontramos y desencontramos entre una mirada al paisaje y la otra, siempre unidos por el calor de nuestros cuerpos juntos en el medio del auto. La barba blanca se sienta adelante, derecho y estrecho en el asiento del conductor, su cabeza no giro desde que piso el acelerador del auto, su boca no movio desde que puso el primer cambio, lo unico que vi moverse fueron los dos portales violetas entre ruta y el espejo retrovisor. El nos mira, nos observa, dentro de su pequeño mundo delantero. No le hago importancia las primeras veces, pero esas lagunas no deben de ser ignoradas, no pueden ser ignoradas, te atrapan, absorven, succionan a otra dimension. Nos unimos en una conversacion, no me gusta la conversacion, me aterra la conversacion, pierdo mi control, entrego mi cuerpo y mi emocion en manos de, de, eso, una barba blanca. Me acerco mas a Jorgy, ella siente mis escalofrios, veo sus escalofrios, escalofriamos juntos y nos miramos, el color miel carcome mi corazon, cerramos los ojos al unisono, una derrota se presenta ante nosotros, anunciada, pero pasada, ya solo queda soportar la lluvia empapada.
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